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Portada Operacion Gorila

Primera parte

1

El fogoso coronel, Lidio Pedralisa, jefe del Estado Mayor, juega con la estilográfica, haciendo círculos azules en una hoja de su libreta, colocada en la ancha y larga mesa, a cuyo alrededor se encuentra la alta oficialidad escuchando la conferencia que dicta el coronel norteamericano, Monkey Patrick. Pedralisa se muestra sonriente, pero, si bien oye las palabras del alto jefe extranjero, no las atiende del todo porque sus pensamientos están hilvanando también círculos azules en torno a un sueño que muy en breve será bella realidad.

Frente a Pedralisa fuma, serio y hosco, el coronel Oscar Balafuga, íntimo amigo y compañero de estudios castrenses en el Instituto de Aviación Militar y en los cursos superiores, realizados en el Colegio Interamericano de Defensa de los Estados Unidos. Balafuga tiene su misma edad, cuarentitrés años, mas su presencia es muy distinta. Mientras Pedralisa es blanco, de ojos aceitunados, de facciones regulares, viriles, destacados por el bigote castaño, igual a su cabellera; su colega Balafuga es bastante moreno, tosco, mediano, de pelo hirsuto, cejas negras y gruesas, encontradas, como queriendo ocultar los ojos de mirar oblicuo y desconfiado, su frente es estrecha y sus labios pronunciados, tanto como su nariz, de anchas ventanas con ruda pelambre.

Ambos son muy amigos. Pedralisa fue el principal miembro de la oficialidad joven que se esforzó, de manera personal, para el ascenso del coronel Balafuga al puesto clave de Jefe de las Fuerzas Armadas, lo cual logró después de vencer la oposición formada por la oficialidad más antigua «los viejos», como les llamaban en contraposición a «los jóvenes» y entre quienes hay generales y coroneles de antiguo rango y renombre.

Desde el ascenso de Balafuga, los oficiales jóvenes lograron dar el baquetazo al generalato, enviando a la reserva a la mayoría de militares que sustentaban ese grado y dejando activos únicamente a aquéllos que se sometieron al liderazgo de «los jóvenes», quienes, por otra parte, contaban con el apoyo de la Misión Militar yanqui, asesora de las Fuerzas Armadas del país.

La estrecha amistad entre los coroneles Balafuga y Pedralisa no es óbice para que ahora, entre ambos exista una rivalidad sorda, subterránea, aún inexpresada. Aparentemente son como antes, mas en el fondo, ambos se empeñan en una lucha tenaz para captarse la simpatía y protección de los oficiales extranjeros, integrantes de la Misión Militar o imperialista, en cuyas manos está el grandioso plan que pronto será ejecutado por las Fuerzas Armadas nacionales para el establecimiento de un gobierno militar, capaz de imponer el «orden» y la «disciplina» en el país, como se ha hecho en casi todas las naciones del continente.

En torno a ese plan, al que han bautizado como «Operación Gorila», Pedralisa sueña haciendo círculos con la pluma, convencido de que le ha ganado la partida a su amigo porque cuenta con el respaldo de los asesores yanquis. A su derecha se encuentra el general Patrocinio Cencerro, hombre maduro, de groseras facciones, pero de reconocido valor, aunque poco fuerte en teoría militar. Este general es jefe del Ejército y, si ha logrado mantenerse en ese puesto, se debe a su incondicional supeditación a la voluntad de Balafuga y de sus asesores.

Al otro lado de Pedralisa se sienta, ¡inquieto y vivaracho, garboso, de impecable uniforme, el coronel Enmanuel Plumilla, comandante en jefe de la Fuerza Aérea y acólito fiel de Lidio, también apoyado por éste para el puesto que mantiene y que es de cardinal importancia. Más allá, metido en un uniforme azul, de botones dorados, está el comodoro Primo de Vila, jefe superior de la Marina de Guerra, joven que de capitán de fragata, saltó a la cúspide al ser eliminada la vieja oficialidad. No es incondicional de Balafuga ni de Pedralisa porque se alinea con los partidarios del coronel Ponciano Tercero, ministro de la Defensa. Este se sienta junto a Balafuga; tiene semblante alegre, festivo, y es el más anticivilista de todos los oficiales. Por esta cualidad le dieron ese ministerio. Tercero conoce las pretensiones de sus colegas, Balafuga y Pedralisa, sin embargo, apoya su propia candidatura para Jefe de Estado en el futuro régimen militar, y también cuenta, según él cree, con el respaldo de los asesores norteamericanos, aunque taimado y cachuzado, hace gala de prudencia.

Al otro costado de Balafuga, en inquietud constante, está el coronel Pastor Verdolaga; bajito, astuto, maniobrero, buen tanguista y mejor sirviente del Jefe de las Fuerzas Armadas que ningún otro. Toda la oficialidad sabe que Verdolaga no siente cariño ni por su madre y que debido a su espíritu servil, se deshace por quedar bien con el alto jefe. Lo mismo será con el que más tarde ocupe ese puesto jerárquico. Rastrero con los superiores; cruel y despótico con los subalternos, son los rasgos que más resaltan en él.

Otros coroneles, todos de la generación de Balafuga, están atentos en torno de la mesa y en segundas filas, escuchando al coronel extranjero. Pedralisa va deslizando su mirada de gavilán por esos oficiales y mentalmente determina sus posiciones, su valer, el aporte que pueden dar a sus proyectos; imagina la actitud que pueden tomar en el momento preciso y sabe ya a quiénes elevar y a quiénes aplastar. Determina que todo le favorece porque entre la oficialidad, él es quien cuenta con mayores simpatizantes.

—Para concluir —dice el coronel Monkey, en correcto pero monótono español, sobándose las manos blancas que apoya en la mesa— solamente tengo que decir lo siguiente: desde el punto de vista de la geopolítica, no se puede subestimar la posición de vuestros países y por tanto su respectiva conducta. El gobierno de mi país no podrá jamás sentirse tranquilo mientras América Latina no esté, de manera unánime, en condiciones de fiel aliada; y para que esta fidelidad sea firme, requiere que en todos los países gobiernen los militares demócratas y controlen eficazmente a los grupos antisociales, subversivos y procumunistas. Nosotros, y esto sólo puedo decirlo entre militares muy leales como ustedes, no podemos tener confianza en ningún otro tipo de gobierno, aunque se rotule con el nombre de «democracia representativa». De ahí nuestros esfuerzos y los de todos nuestros buenos amigos y colegas por acercar, lo más pronto posible, tal situación de confianza interamericana. Hace una pausa y volviéndose hacia el coronel Balafuga, dice sonriente: —Así, queridos amigos, concluyo mi intervención de hoy. ¿Alguien tiene preguntas?

Los militares se remueven en sus asientos, sonríen, parpadean, agitan nerviosamente las piernas, echan humo de cigarrillo y respiran complacidos de haber llegado el final de la conferencia que les ha mantenido atentos y callados durante más de dos horas. La mayoría de ellos ha asistido a cursos especiales en el Colegio Interamericano de Defensa, Fort Gulick y otros centros norteamericanos. Por esa razón están muy familiarizados con la estrategia militar del Pentágono, en los países latinoamericanos y con el papel de los ejércitos nacionales, creados y mantenidos por el militarismo yanqui.

Sin embargo, parece que no todos están claros, o bien que algo nuevo ha dicho el coronel Monkey, porque el comodoro Primo de Vila, levantando una mano regordeta, pide la palabra y habla suave y respetuoso, dibujando una sonrisa servil. El coronel Monkey se la concede.

Dos docenas de ojos burlescos, irónicos, aprobatorios, inconformes, despectivos, amigables, enemistosos, indiferentes, adormilados, sardónicos, se vuelven al comodoro en silenciosa demostración del ánimo que les domina después de dos horas de escuchar al gringo. Casi todos quieren marcharse cuanto antes, pero sonríen ante la actitud del comodoro.

—Dígame, coronel: suponiendo, como usted afirma, que después de obligar a Rusia a quitar sus cohetes balísticos de Cuba y dejar a Fidel sólo con armas convencionales, los países latinoamericanos han recobrado la paridad y supremacía militares y que, en consecuencia, la revolución cubana está condenada al fracaso como punta de lanza en el continente. Siendo así ¿por qué, entonces, se hace necesario romper la «democracia representativa», considerada como carta de triunfo del panamericanismo, para establecer gobiernos militares, sabiendo que esto crea problemas internos favorables al enemigo comunista? Yo desearía, coronel, que usted explicara un poco más...

Los azules y acerados ojos del coronel Monkey se vuelven estiletes cuando se dirigen al comodoro, mientras sus labios finos y pálidos se abren en una sonrisa que pretende ser amigable, paternalista, piadosa. Saca de su bolsillo una cajita de chicles y, llevándose a la boca un par de pastillas rosadas, comienza a mascar goma y palabras:

—Muy interesante su pregunta, comodoro de Vila. Yo, por referirme a las cuestiones fundamentales de nuestra táctica, olvidé tocar ese aspecto. En verdad, amigos míos, la «democracia representativa» no responde ya a las condiciones del desarrollo de América Latina. Es necesario superarla, no con palabras, sino con hechos. Y la única forma es sobrepasando viejos prejuicios e idealismos improductivos. Es necesario pasar a los gobiernos de facto, militares fuertes, que puedan hacer transformaciones en el momento preciso, sin trabas, sin recurrir a los procesos burocráticos. Esto es lo primero. Pero hay más, amigo comodoro, y es que, en las condiciones del mundo contemporáneo, sólo un gobierno militar es capaz de salvar al régimen de la empresa privada en beneficio de todo el sistema panamericano.

—¡Justísimo! ¡Eso mismo digo yo! —interviene el coronel Pedralisa, con meliflua entonación. —Los militares somos los que no vacilamos en actuar libres de prejuicios. Es la profesión más noble y humanista, porque, como el cirujano, ¡corta sin temblar allí donde aparece el mal!

—¡Perfecto, perfectísimo, coronel Pedralisa! —tercia de nuevo el coronel Monkey—. Recuérdese que el hombre y la sociedad se desarrollan bajo el signo natural de la violencia, y sólo con la violencia organizada, científica y técnica, como es la que nosotros profesamos, puede imponerse el orden democrático y el progreso que requiere una nación civilizada. ¿Por qué propugnamos la «Operación Gorila» en su país de «democracia representativa»?

El semblante del coronel Balafuga se ha vuelto adusto y fiero por considerar que el planteamiento del comodoro es impertinente. Es absurdo plantear a los asesores gringos esos asuntos, después de tanto tiempo de preparar el golpe. Supone que quizá, Primo de Vila se ha dejado influir por los políticos radicales o que de repente, está comprometido con el doctor Perico Labiavieja. Por eso ordenará que el comodoro sea vigilado estrechamente por los agentes del G-2.

—La cuestión, al margen del peligro que entraña la Cuba comunista, —interviene una vez más el coronel Monkey —debemos analizarla dentro de la política general del continente americano, llevada adelante por mi gobierno, y también dentro del cuadro mundial. Nuestra misión histórica es salvar al mundo occidental capitalista y cristiano de las garras del comunismo ateo. Mas, para lograrlo, mi querido comodoro, no hay otro camino que la violencia, la guerra. Nosotros vamos a destruir a Rusia y China, pero necesitamos tener bien resguardadas las espaldas. Los países latinoamericanos que aún tienen gobiernos democráticos y representativos, no garantizan ese respaldo. Por eso, el objetivo de mi gobierno es afianzar la democracia castrense; sólo ésta consolida el «frente interno». Entonces, libres las manos, pasaremos a cumplir el designio de la Providencia.

Calla el gringo, aunque continúa masticando con lentitud, mientras observa al comodoro que hace signos afirmativos con la cabeza para manifestar así su comprensión del problema.

—¿Satisfecho, mi estimadísimo comodoro de Vila?

—¡Muy satisfecho y muchas gracias! Yo había perdido de vista el objetivo estratégico mundial del Pentágono. Pensaba con el criterio de un provinciano. ¡Muchas gracias, coronel!

—Ahora, quisiera expresarles algo más —reanuda la charla el coronel Monkey, sin importarle el tiempo: —la «Operación Gorila» sólo es una parte, muy importante de un plan mayor. Esto ustedes lo comprenden. Después de afianzado el poder, vendrá el segundo período: la unidad militar de todos los países del continente, la creación del ejército interamericano que sea garantía de la estabilidad política en el hemisferio. En la práctica, este gran ejército multinacional tendrá funciones de bombero: apagará cualquier llamita que los castrocomunistas enciendan a lo largo y ancho de los Andes.

—¿Quiere decir —pregunta el general Cencerro, observando al gringo por sobre sus anteojos— que en estos países habrá que eliminar los conceptos de soberanía, independencia y otras monsergas constitucionales mantenidas por tradición?

—Eliminar, no es la palabra, mi general —contesta el coronel extranjero—. Mejor digamos: modificar y ampliar la soberanía para garantizar a los ejércitos la posibilidad de acción en los distintos países. Es necesario que nuevos gobiernos hagan nuevas constituciones, más a tono con los tiempos.

—¿Y si el Ejército Interamericano no fuera suficiente para apagar las llamitas...? —pregunta, zumbón, Pastor Verdolaga.

La carcajada del gringo revolotea en la oficina, como las membranosas alas de un vampiro. Se afirma sobre el respaldar de la silla y dirige la vista hacia el cielo raso, sin poder contener su hilaridad. Los demás le imitan por hipocresía. Contesta de excelente humor:

—¡Eso no podrá suceder, amigos míos! El núcleo principal del Ejército Interamericano estará formado por nuestras Fuerzas Armadas.

—¡Las mejores del mundo! —exclama eufórico Balafuga, y luego afirma, rotundo: —Nosotros, coronel Monkey, comprendemos la estrategia y táctica del Pentágono. Aquí todos estamos de acuerdo con la «Operación Gorila».

—¿Todos? —pregunta burlesco Pedralisa, en desafío a su jefe. —Yo creo que algunos militares opinan de otro modo.

Estas palabras provocan un alboroto en la oficialidad. Hablan al unísono, sin respetar ya la presencia del coronel Monkey. Todos afirman su lealtad a la «Operación Gorila», no sea que caiga sobre ellos la sospecha de estar en contra. El conferencista se levanta y los demás le imitan. Surge una conversación general sobre el asunto del régimen en cada país y la impostergable necesidad de derrocarlo cuanto antes para salvar a la nación del desastre y, con ello, defender el sistema interamericano y el mundo libre, amenazados de muerte.

Se hacen corrillos y cada uno desea estar lo más cerca posible del coronel Monkey Patrick, jefe de la Misión Militar norteamericana.